No es posible precisar, a la luz de los documentos de que disponemos, cuándo comenzó la obsesión enfermiza de O’Leary por Córdova: quizás habrá surgido desde su primer encuentro, en marzo de 1818, en Santo Tomás de la Angostura. Al margen del asiento que le dedica en sus Recuerdos deshilvanados anotó, con rigor de amante despechado, una ringlera de nueve fechas de los hechos expuestos, algo excepcional que no se repite en las demás anotaciones del cuadernillo, ni siquiera cuando se refiere a su más odiado enemigo, Francisco de Paula Santander.